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SOMOS UNA IGLESIA CONFESIONAL

Ser una iglesia confesional significa que confesamos y nos aferramos a las verdades fundamentales de la fe cristiana, tal y como han sido creídas, enseñadas y defendidas por la iglesia a lo largo de los siglos.


Como iglesia, tenemos una versión de la Confesión de New Hampshire de 1853 y valoramos otras confesiones reformadas como la Segunda Confesión Bautista de Londres de 1689. Además, creemos que la Confesión de Fe y el Mensaje Bautista 2000 constituyen una aplicación fiel de nuestra Declaración de Fe a los desafíos contemporáneos de la vida y la práctica de la iglesia.

Segunda Confesión Bautista de Londres 1689Fe y Mensaje Bautistas 2000Confesión de New Hampshire de 1853

DECLARACIÓN DE FE

Creemos que la Santa Biblia fue escrita por hombres divinamente inspirados y que es un tesoro

perfecto de instrucción divina; Dios es su autor, la salvación es su fin y la verdad sin ningún tipo de error en ella. La Biblia revela los principios por los cuales Dios nos juzgará y, por lo tanto, es y permanecerá siendo hasta el fin del mundo el verdadero centro de la unión cristiana, y la regla suprema por la que la fe, conducta, credos y opiniones deben ser probados.


 

Hay un solo Dios vivo y verdadero, que es infinito en su ser y perfecciones, espíritu purísimo, invisible, sin cuerpo, partes ni pasiones; inmenso, eterno, inmutable, sabio, santo, justo, misericordioso y amoroso. Este Dios es autosuficiente, habiendo en sí mismo toda la vida, gloria y bienaventuranza. Todas las cosas proceden de él, existen por él y para él, y es soberano sobre todas las cosas. En la unidad de la Divinidad hay tres personas de una misma sustancia, poder y eternidad: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. Estas tres personas son un solo Dios, aunque distintas únicamente en sus relaciones de origen. 


El Padre es la primera persona de la Trinidad, quien no es engendrado ni procede de nadie; El Hijo es la segunda persona de la Trinidad, quien es engendrado eternamente del Padre, siendo verdadero y eterno Dios, la imagen y sustancia misma del Padre; El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad, quien procede del Padre y del Hijo—ni hecho, ni creado, ni engendrado, sino que solamente procede de ambos—, de una misma esencia, majestad y gloria con el Padre y el Hijo, siendo verdadero y eterno Dios.


Creemos que el hombre fue creado en santidad, sujeto a la ley de su Creador; pero, por transgresión voluntaria, el hombre cayó de tal santidad y estado de felicidad. En consecuencia, toda la humanidad es ahora pecadora, no por fuerza sino por elección. El hombre está entonces, por naturaleza, desprovisto de la santidad que requiere la ley de Dios, inclinado al mal y, por lo tanto, bajo justa condenación a la ruina eterna


 

El Hijo, cuando vino el cumplimiento del tiempo, tomó sobre sí la naturaleza humana con todas sus propiedades esenciales y con sus debilidades comunes, pero sin pecado. Fue concebido por el Espíritu Santo en el vientre de la virgen María, y de ella nació. Así, dos naturalezas completas, perfectas y distintas fueron inseparablemente unidas en una sola persona, sin conversión, mezcla o confusión. Esta persona es verdadero Dios y verdadero hombre, pero un solo Cristo, el único Mediador entre Dios y los hombres.


Creemos que la salvación de los pecadores es totalmente por gracia a través de la obra mediadora del Hijo de Dios, el cual, voluntariamente tomó sobre Él nuestra naturaleza, aunque sin pecado; honró la ley divina con su obediencia personal, y por su muerte hizo completa expiación por nuestros pecados. Habiendo resucitado de los muertos, ahora está en el Cielo sentado en el trono y, reuniendo en su maravillosa persona las más tiernas simpatías de perfección divina, está calificado en todos los aspectos para ser un Salvador idóneo, compasivo y todo suficiente.


 Creemos que la gran bendición del Evangelio que Cristo les asegura a los que creen en Él es la Justificación; esa justificación incluye el perdón del pecado y la promesa de vida eterna en los principios de la justicia; que la misma es imputada, no en consideración de las buenas obras que pudimos haber hecho, sino únicamente a través de la fe en la sangre del Redentor; en virtud de dicha fe, Su justicia perfecta nos es imputada gratuitamente por Dios; que esta fe nos trae a un estado de bendita paz y favor con Dios, y nos asegura toda otra bendición que sea necesaria en este tiempo y por la eternidad.


 Creemos que las bendiciones de la salvación se encuentran disponibles para todos a través del Evangelio; que es el deber inmediato de todos aceptarlas por una fe sincera, arrepentida y obediente; y que nada impide la salvación del más grande pecador sobre la tierra, sino su propia depravación inherente y su rechazo voluntario del Evangelio; dicho rechazo lo envuelve en una condenación mayor.


Creemos que esta verdadera fe, producida en el hombre por la escucha de la Palabra de Dios y la obra del Espíritu Santo, lo regenera y lo hace un hombre nuevo, lo hace vivir una vida nueva y lo libra de la esclavitud del pecado. Por lo tanto, no es posible que esta fe justifique al hombre sin que sea acompañado de buenas obras, porque la fe verdadera obra por el amor y nos lleva a vivir en el temor de Dios y en la obediencia a sus mandamientos.


Creemos que el arrepentimiento y la fe son deberes sagrados y también gracias inseparables, cultivadas en el alma por el Espíritu regenerador de Dios; siendo profundamente convencidos de culpa, peligro e impotencia, y del medio de salvación a través de Cristo, nos volvemos a Dios con contrición sincera, confesión y súplica por misericordia; al mismo tiempo, recibimos al Señor Jesucristo como nuestro Profeta, Sacerdote y Rey, confiando en Él como el único y suficiente Salvador.


Creemos que la Elección es el propósito eterno de Dios, a través de la cual Él por gracia regenera, santifica y salva a los pecadores; esto es perfectamente compatible con el uso de la voluntad del hombre; que comprende todos los medios en relación con el fin; que es la más gloriosa muestra de la bondad soberana de Dios, siendo infinitamente libre, sabio, santo e inmutable; que excluye totalmente la jactancia y promueve la humildad, el amor, la oración, la alabanza, la confianza en Dios y la imitación activa de su misericordia gratuita; que alienta el uso de los medios del más alto nivel; que puede comprobarse por sus efectos en todos los que verdaderamente creen en el Evangelio; que es el fundamento de la seguridad cristiana y comprobarlo respecto a nosotros mismos demanda y merece nuestra mayor diligencia.


Aquellos que son llamados eficazmente y regenerados, teniendo un nuevo corazón y un nuevo espíritu creados en ellos, son además santificados real y personalmente por la virtud de la muerte y resurrección de Cristo, por su Palabra y su Espíritu morando en ellos. El dominio de todo el cuerpo del pecado es destruido y sus diversas concupiscencias son debilitadas y mortificadas más y más, y ellos son vivificados y fortalecidos en toda gracia salvadora, para practicar la verdadera santidad, sin la cual nadie verá al Señor.


Esta última santificación es progresiva a lo largo de toda la vida del creyente, a través del conflicto entre la carne y el Espíritu, pero el poder santificador de Cristo en nosotros prevalece, de modo que finalmente el creyente crece en gracia y avanza en verdadera santidad.


Creemos que sólo los creyentes verdaderos perseveran hasta el fin; que su unión perseverante a Cristo es la gran marca que los distingue de los profesantes superficiales; que una Providencia especial vela por su bienestar y que son guardados por el poder de Dios mediante la fe para salvación.


Creemos que la Ley de Dios es la regla eterna e inmutable de su gobierno moral, que, entendida correctamente a la luz de Cristo y su Evangelio, es santa, justa y buena. Ella revela la inhabilidad que la Escritura asigna al hombre pecador en cumplir sus preceptos se levanta enteramente de su amor por el pecado; que el librarlo de esto y restaurarlo a través del Mediador a una obediencia no fingida a la Ley santa, es uno de los grandes propósitos del Evangelio y de los Medios de la Gracia conectados con el establecimiento de la iglesia visible.


Creemos que una iglesia visible de Cristo es una congregación de creyentes bautizados, asociados por un pacto en la fe y comunión en el Evangelio; observando las ordenanzas de Cristo, gobernados por Sus leyes y ejerciendo los dones, derechos y privilegios investidos en ellos por medio de su palabra; que sus únicos oficiales bíblicos son los ancianos (también llamados obispos o pastores) y diáconos, cuyas afirmaciones/demandas, calificaciones y funciones están especificadas en las Escrituras, especialmente en la 1 Timoteo y Tito.


Creemos que el bautismo cristiano es la inmersión de un creyente en agua, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para mostrar así en un emblema solemne y hermoso nuestra fe en el crucificado, enterrado y resucitado Salvador, con sus efectos en nuestra muerte al pecado y resurrección a una nueva vida; que es requisito previo para los privilegios de una relación eclesiástica y para la Cena del Señor, en la cual los miembros de la iglesia, por el sagrado uso del pan y del vino, han de conmemorar juntos el amor agonizante de Cristo, precedido siempre por un solemne auto-examen.


Creemos que el primer día de la semana es el Día del Señor; que este era el día en que las iglesias del Nuevo Testamento se reunían para la adoración cristiana y para la edificación en memoria de la resurrección de nuestro Señor; por lo tanto, que el domingo está reservado para la reunión de la iglesia con esos mismos fines.


Creemos que el Gobierno Civil es divinamente designado para los intereses y el buen orden de la sociedad humana, y que los magistrados deben ser llevados en oración, diligentemente honrados y obedecidos, excepto en aquellos asuntos que se opongan a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, quien es el único Señor de nuestras consciencias y el Príncipe de los reyes de la tierra.


Creemos que hay una diferencia esencial y radical entre los justos y los injustos; que sólo aquellos que son justificados mediante la fe en el nombre del Señor Jesucristo y santificados por el Espíritu de nuestro Dios son verdaderamente justos a Sus ojos, mientras que los que continúan en la impenitencia y la incredulidad son malvados a Sus ojos; y que la distinción se mantiene entre los hombres tanto en y después de la muerte.


Creemos que el fin del mundo se acerca; que en el día postrero Cristo descenderá del cielo y resucitará a los muertos de sus tumbas para retribución final; que una solemne separación tendrá lugar; que los malvados serán sentenciados a un castigo eterno, y los justos a un gozo eterno; y que este juicio restaurará para siempre el estado del hombre o en el infierno, bajo los principios de la justicia.


Creemos que el matrimonio es la unión sagrada y permanente entre un hombre y una mujer, establecida por Dios y definida únicamente por Él en las Escrituras (Génesis 2:24; Mateo 19:1-9; Marcos 10:1-12). La intimidad sexual es legítima únicamente dentro del matrimonio, y cualquier actividad sexual fuera de este vínculo es considerada inmoral según la Palabra de Dios (Mateo 15:19; 1 Corintios 6:9-11; Hebreos 13:4). La iglesia considera que toda forma de inmoralidad sexual, incluyendo adulterio, fornicación, homosexualidad, bisexualidad, bestialidad, incesto, pornografía y pensamientos lujuriosos, es pecado y no puede satisfacer el alma (1 Tesalonicenses 4:3; Romanos 1:26-32). Además, rechaza como pecaminosa cualquier acción o deseo de alterar quirúrgicamente el sexo biológico, afirmando que la identidad sexual está determinada por Dios y debe ser vivida conforme a Su diseño (Génesis 1:27; 1 Corintios 6:9-11).


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